El 11 de septiembre de 2026: un momento para la reflexión, la reconciliación y la determinación

22 de agosto de 2026

En una preciosa mañana despejada de un martes del 2001, a las 8:46 de la mañana, un avión se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. Como a millones de estadounidenses, y otros millones más en todo el mundo, me impactó cuando escuché la noticia. A diferencia de millones de estadounidenses cuando escuché el informe, me encontraba parada en una isleta situada en la autopista de circunvalación de Washington, D.C., en Maryland, distribuyendo un volante de una declaración escrita por el entonces candidato a la presidencia Lyndon LaRouche, en la que advertía de un atentado terrorista contra Estados Unidos.

Aunque la forma que adoptó el atentado terrorista de la mañana del 11 de septiembre no fue la de la “turba jacobina” sobre la que había advertido LaRouche (que se había utilizado y se utilizaría para otras acciones desestabilizadoras), su declaración del 24 de agosto del 2001 identificaba las condiciones que llevaban a ciertas fuerzas geopolíticas a creer que un ataque como ese les permitiría alcanzar un efecto político deseado:

El mundo se encuentra actualmente sumido en la crisis financiera y monetaria más grande, más profunda y devastadora desde la Europa de mediados hasta finales del siglo 14. Nos encontramos en un período en el que circunstancias económicas y afines han convertido la noción de la guerra moderna convencional en una broma de mal gusto, en la que ‘pequeñas guerras’ regionales y otras, el terrorismo, asesinatos políticos, y otras formas de desestabilización, son asuntos que destacan en el orden del día de muchos de los planificadores estratégicos. La crisis financiera y monetaria en su avanzada fase actual, empuja a fuerzas políticas desesperadas al límite, fuerzas políticas que preferirían en su desesperación llevar más bien a la civilización hasta el límite, que tolerar los cambios a las instituciones financieras y monetarias que exige la situación de la actual crisis.

Washington, DC… es todavía hoy la principal potencia del mundo. Cualquier acontecimiento que aterrorizara tanto a las autoridades de Washington y su entorno, que les hiciera esconderse debajo de la cama, sería una enorme amenaza estratégica para la paz del mundo en general…

Pregúntense: ¿No fue el resultado de los atentados del 11 de septiembre precisamente aquello sobre lo que Lyndon LaRouche advirtió en aquella declaración de agosto del 2001? ¿Cuánta gente ha sido asesinada en guerras, se han suicidado, o se han convertido en refugiados o en mercancía humana como resultado de no investigar de manera veraz lo que estuvo detrás de esos ataques?

Una semana exactamente después de los ataques, el 18 de septiembre, Lyndon LaRouche dijo en una entrevista con EIR News Service que Estados Unidos estaba bajo ataque de una “operación clandestina dentro del perímetro de seguridad de Estados Unidos”; hizo hincapié en que nadie podría llevar a cabo ese tipo de ataque “desde fuera de Estados Unidos actualmente”. Él no descartó la participación extranjera, pero insistió en que había que buscar a los coordinadores dentro del país.

En cambio, los medios noticiosos estadounidenses, desde la CNN hasta Fox News, amplificaron el efecto deseado de lo que en realidad fue un golpe de Estado diseñado para secuestrar la política del gobierno de Estados Unidos. LaRouche, quien en ese momento era candidato a la presidencia de Estados Unidos, fue ignorado, difamado y silenciado por la prensa. Los denunciantes de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés), y otras agencias de inteligencia fueron ignorados y tachados de chiflados.

Al pueblo estadounidense le resultó más cómodo dejarse arrastrar a una desastrosa ocupación de Afganistán que duró 20 años, la genocida guerra contra Iraq, y la vigilancia masiva a nivel nacional a nombre de “velar por la seguridad de todos nosotros”, que enfrentar la maldad que se había apoderado de la dirección política de nuestra nación. Esa maldad no comenzó el 11 de septiembre del 2001, sino que fue posible por la aceptación popular del Informe de la Comisión Warren sobre el asesinato del Presidente John F. Kennedy, lo cual dejó al buró de asesinatos en funcionamiento para que llevase a cabo los asesinatos de Malcolm X, Martin Luther King Jr., y del hermano menor del Presidente Kennedy, Robert Kennedy, quien muy posiblemente habría sido Presidente en las elecciones de 1968. Este mismo aparato habría estado involucrado en la satanización y el posterior encarcelamiento del estadista estadounidense Lyndon LaRouche por los mismos motivos.

Al no haber encarado la verdad de lo que se escondía tras los atentados del 11 de septiembre, ni de los asesinatos de la década de 1960, y no haber subsanado las consecuencias de esto, ahora tenemos una generación de adultos jóvenes que nunca conocieron a Estados Unidos antes de que se convirtiera en el imperio totalitario en descomposición en el que nos hemos convertido.

Quienes tenemos edad suficiente como para haber sido adultos el 11 de septiembre de 2001, y que podemos reflexionar sobre los terribles cambios que se han producido en nuestra república a consecuencia de nuestra conformidad con el encubrimiento, incluida la vigilancia masiva, las guerras sin fin, y las violaciones de nuestros derechos amparados por la Primera Enmienda, le debemos a la generación más joven poner fin a este reinado del terror y retornar a nuestra nación a su propósito anticolonial original.

Es posible hacerlo. Yo apoyaría que se hiciera una nueva investigación sobre el 11 de septiembre del 2001, y sería un gran alivio llevar a los perpetradores ante la justicia, así como a quienes se beneficiaron de haber tenido conocimiento previo de los atentados y ganaron millones de dólares a costa de la trágica muerte de miles de estadounidenses. Pero podemos liberar a nuestra república de esta dictadura de temor antes de conocer todas las respuestas, y dada la amenaza de una guerra nuclear como resultado de aceptar estas mentiras, tenemos que hacerlo. Ha llegado el momento de rechazar y de revertir todas las políticas que entraron en vigor a raíz de aquellos nefastos atentados, y debemos purgar a nuestro gobierno de todos los burócratas y funcionarios electos que impulsaron o acataron esos cambios políticos.

Para lograr esto y para poner a nuestro país en una trayectoria firme hacia un futuro pacífico y próspero, yo estoy haciendo campaña para Presidente de Estados Unidos.

Y exijo que cualquiera que, como nuestro subsecretario de Guerra para Asuntos de Política, Elbridge Colby, defiende el uso de armas nucleares tácticas en la guerra, sea destituido de inmediato. Cualquier miembro del Congreso que vote a favor de seguir armando al Estado forajido de Israel o al régimen neonazi de Ucrania debería ser destituido de su cargo. Los miembros del Congreso que han votado a favor de aumentar la vigilancia en masa del pueblo estadounidense deberían ser destituidos por los votantes a quienes han traicionado. Poner en riesgo la seguridad nacional de Estados Unidos al fusionar nuestras funciones militares y de inteligencia con las de cualquier otra nación, como Israel, tal y como establece la nueva Ley de Autorización de la Defensa Nacional (NDAA), constituye un acto de traición, y los defensores de dicha legislación deberían ser destituidos de sus cargos y procesados. Todos estos son producto del paradigma del 11 de septiembre.

Los archivos Epstein nos ofrecen la oportunidad de buscar una solución. Cada uno de los clientes de Jeffrey Epstein debe ser investigado y procesado con todo el rigor de la ley. Que no se haya hecho esto todavía solo indica en dónde está la mayor parte del problema.

¿Por qué es posible hacer esto ahora, cuando no se ha logrado hacer en veinticinco años? Porque ya tenemos encima la crisis financiera de la que Lyndon LaRouche advirtió hace décadas, y ahora además viene acompañada por un colapso de la economía física, que ya se aprecia en los trastornos al comercio mundial ocasionados por la criminal guerra de agresión idiota lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán.

Hay un gran pánico en ascenso entre las filas de la perversa clase de multimillonarios que se preparan para sufrir pérdidas importantes. Su poder no es absoluto. Bajo estas condiciones, un cambio sistémico se convierte en una posibilidad.

Las medidas tomadas por el Presidente Franklin Delano Roosevelt en sus primeros cien días de gobierno, son un modelo para lo que en estos momentos es urgentemente necesario. En particular, tenemos que llevar a juicio a Wall Street por medio de una reorganización de bancarrota ordenada; eliminar los reclamos especulativos y proteger al mismo tiempo los aspectos relacionados con el bienestar general, entre ellos la propiedad de la vivienda, los fondos de pensiones, el financiamiento de los servicios públicos y las inversiones relacionadas. Debemos restablecer la Ley Glass–Steagall, nacionalizar la Reserva Federal, y emitir billones de dólares de crédito para infraestructura, la producción agropecuaria y la industria, lo que supondrá un incremento acumulativo de la capacidad productiva de nuestra nación.

Convertiremos nuestras espadas en arados. Nuestro complejo militar-industrial será reconvertido para construir centrales nucleares y sistemas ferroviarios de alta velocidad. Los ingenieros que ahora diseñan misiles, diseñarán reactores nucleares. Es así como una nación se enriquece: no moviendo dinero con tasas cada vez mayores, sino haciendo que su población sea más productiva que lo que fue el año anterior. De esta manera, podemos recuperarnos de los veinticinco años de devastación que hemos tolerado desde el 11 de septiembre del 2001.

Hace veinticinco años renunciamos a la misión de buscar la verdad y preferimos la venganza en vez de la justicia, y hemos estado pagando por ello desde entonces. Nuestra supervivencia depende de que tomemos decisiones diferentes. Evitar la aniquilación termonuclear o una nueva era de tinieblas depende de que el pueblo estadounidense rechace el paradigma posterior al 11 de septiembre de 2001. Yo estoy comprometida en hacer eso. Acompáñame.

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