3 de enero de 2026 — En la madrugada del 3 de enero de 2026, mi gobierno, el gobierno de Estados Unidos de América, lanzó una invasión contra una nación soberana para secuestrar por la fuerza a su mandatario. El Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, fueron capturados por soldados estadounidenses en un asalto ejecutado a primera hora de la mañana y fueron llevados a bordo de un barco que, aparentemente se dirige al Distrito Sur de Nueva York, donde, según la Fiscal General de Estados Unidos, Pam Bondi, la pareja ha sido “acusada de conspirar para cometer narcoterrorismo, conspirar para importar cocaína, posesión de ametralladoras [sic] y dispositivos destructivos, y conspirar para poseer ametralladoras [sic] y dispositivos destructivos contra Estados Unidos”.
Permítanme decir de manera inequívoca que todo lo relacionado con esta acción constituye una violación al derecho internacional, a la Carta de las Naciones Unidas y, lo que es más importante para el pueblo estadounidense, una violación de nuestra propia Constitución de Estados Unidos. Además, viola los principios expresados en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, la cual enumera una “larga serie de abusos” perpetrados contra las colonias de Nueva Inglaterra por el imperio británico, abusos que nosotros mismos acabamos de cometer con esta acción ilegal contra el pueblo y la nación de Venezuela.
A menos que nuestra nación cambie de manera drástica el rumbo que lleva, y retorne a los principios expresados por John Quincy Adams en su discurso al Congreso el 4 de julio de 1821, nosotros y nuestra república dejaremos de existir en una forma reconocible mucho antes del 4 de julio del 2026, cuando se cumple el aniversario 250 de nuestra Declaración de Independencia. Estados Unidos es una nación poderosa. Si ese poder se despliega bajo la doctrina ilegal expresada en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada recientemente, nuestra nación no solo se perjudicará a sí misma, sino que, al igual que el asesino suicida en la azotea, nuestra nación puede convertirse en una amenaza para miles de millones de personas inocentes en todo el planeta.
Por qué estoy calificada
Antes de exponer lo que creo que hay detrás de esta descabellada “estrategia de seguridad” y lo que debemos hacer al respecto, abordaré la pregunta que probablemente muchos de ustedes se están planteando: “¿Qué te hace a tí más calificada para dirigir esta nación que los terribles Presidentes y candidatos que hemos tenido en las últimas décadas, y por qué deberíamos confiar en ti?”.
Lo que me califica para ocupar el cargo más alto del país no proviene de un trozo de papel sin valor expedido por una “torre de marfil” instituida, sino de mi propia moralidad y valentía, como lo demuestra mi asociación durante décadas con el estadista y personalidad presidencial más importante de Estados Unidos, Lyndon H. LaRouche, Jr.
Fue la profunda comprensión de LaRouche sobre la importancia de la derrota que le asestó Estados Unidos de América al imperio británico, y su brillante éxito como pronosticador económico, sobre la base de su entendimiento de los principios del Sistema Americano de economía, lo que me llevó a apoyar sus políticas, y a estudiar los escritos fundamentales de nuestros padres fundadores, en especial los documentos programáticos de nuestro primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, que tratan temas como el crédito público, la banca nacional y la industria manufacturera.
Cuando LaRouche fue encarcelado injustamente como resultado de una cacería política de brujas que duró décadas, coordinada por Wall Street y la City de Londres, quienes se confabularon con elementos deshonestos de las agencias de inteligencia estadounidenses, los medios de comunicación y organizaciones subversivas como la Liga Antidifamación de B’nai B’rith, me negué a someterme a la intimidación. Decidí dedicar mi vida a derrotar los vestigios del imperio colonial y restaurar mi nación, Estados Unidos, a su propósito original como defensora de los derechos soberanos de los pueblos y las naciones de todo el mundo, no mediante la fuerza militar, sino a través de la colaboración económica y el desarrollo económico mutuamente beneficioso.
Nunca te voy a traicionar.
El problema al que nos enfrentamos
La crisis innombrable que se esconde tras la agenda militar de Occidente es que el sistema financiero y monetario transatlántico está condenado irremediablemente. No se trata solo de que el gobierno de Estados Unidos tenga una deuda de aproximadamente $40 billones de dólares y de que el pueblo estadounidense soporte una carga insostenible de deuda personal, sino de que la City de Londres y Wall Street son propietarios de una burbuja de obligaciones en derivados financieros de varios miles de billones de dólares que son insostenibles. Solo en las últimas semanas de 2025, la Reserva Federal inyectó más de $74.000 millones de dólares en el sistema financiero. Los países de la OTAN están vendiendo armas a Ucrania e Israel que no se fabricarán sino hasta dentro de cinco años o más, lo que obliga a continuar los conflictos genocidas desde el punto de vista de las partes interesadas y los especuladores.
Por encima de esto, el actual inquilino de la Casa Blanca, el Presidente Donald Trump, ha sido mal asesorado por miembros ambiciosos y mentirosos de su gabinete, como el secretario de Estado, “Narco” Rubio, y el hombre de Soros, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, entre otros, y parece no estar dispuesto o de ser incapaz de cumplir su compromiso declarado de poner fin a las guerras eternas.
Mientras que el Presidente Trump fracasa, sus oponentes neoconservadores y neoliberales del Partido Demócrata y Republicano, politizados con su farsa de “Rusia, Rusia, Rusia”, pueden aprovechar las acciones ilegales contra Venezuela para iniciar un proceso de juicio político, lo que en un Congreso sensato podría traer alivio, pero en manos del actual Congreso probablemente serviría para sumirnos en una guerra devastadora contra Rusia o China, o contra ambos.
Por lo tanto, les hago un llamado a ustedes, el pueblo estadounidense, para que se unan a mi campaña con el fin de forjar un camino para salir de este desastre potencial.
No tenemos nada que temer, salvo al miedo mismo
En el 250º aniversario de nuestra Declaración de Independencia, debemos exigir que todos los cargos públicos defiendan los principios consagrados en nuestra Declaración de Independencia y nuestra Constitución, a saber: que todos los seres humanos son creados iguales, y todos significa todos, no solo los nacidos dentro de nuestras fronteras o los nacidos en una fe o cultura lingüística particular, que TODOS los seres humanos están dotados de “derechos inalienables” y que los gobiernos se instituyen para “garantizar estos derechos”, incluido nuestro propio gobierno.
Garantizar los derechos a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” no es algo abstracto, sino que debe existir también en el ámbito físico. Los niños que viven bajo constantes bombardeos, amenazas de violencia, hambruna, enfermedades y opresión política, están siendo privados de los derechos de los que han sido dotados por Dios. La libertad no es libertad si se impone por la fuerza. John Quincy Adams dijo que la fundación de Estados Unidos de América, basada en los principios expresados en nuestra Declaración de Independencia, “demolió de un solo golpe la legalidad de todos los gobiernos fundados en la conquista”. Reflexionemos sobre ello. Los gobiernos basados en la conquista (la fuerza) son ilegales.
El entonces secretario de Estado, John Quincy Adams, declaró en ese mismo discurso del 4 de julio de 1821, que si Estados Unidos se involucrara en conquistas extranjeras, “podría convertirse en la dictadora del mundo. Ya no sería la gobernante de su propio espíritu”.
Recuperemos nuestro espíritu, no yendo “al extranjero, en busca de monstruos que destruir”, sino destruyendo los monstruos que hay dentro, empezando por el sistema financiero en quiebra.
Si queremos asegurar las “bendiciones de la libertad” para nosotros y para todos los demás, ¡debemos declarar que el sistema transatlántico está en bancarrota! No más rescates con sangre y tesoro. Someter todo este desastre a una reorganización ordenada por bancarrota, incluida la inconstitucional Reserva Federal, y crear un Tercer Banco Nacional de Estados Unidos.
¡No más tipos de cambio flotantes! Hay que vincular el dólar al oro o a una cesta de productos básicos reales en colaboración con las naciones más poderosas del planeta, a saber, Rusia, China e India. Promulgar una separación bancaria global tipo “Glass-Steagall”, con un muro impenetrable entre la especulación y las actividades comerciales de ahorro y préstamo.
En estas condiciones, Estados Unidos podrá borrar grandes cantidades de deuda y, en su lugar, emitir crédito para construir proyectos de infraestructura nacional en transporte, gestión de agua y energía (en especial fusión nuclear), lo que aumentará drásticamente la capacidad productiva de la fuerza laboral estadounidense y elevará el nivel de vida del pueblo estadounidense.
En lugar de declarar a las naciones prósperas como competidoras nuestras, o incluso nuestras adversarias, trabajemos con ellas en beneficio de la humanidad en su conjunto, lo que incluye al pueblo estadounidense, que se ve agobiado, en lugar de beneficiado, por nuestros inútiles intentos de impedir el progreso de otras naciones.
Es con este fin que declaro mi candidatura independiente a la presidencia de Estados Unidos, no para ejercer el liderazgo en una era lejana, en enero de 2029, sino para dar al pueblo estadounidense una voz y un camino para garantizar las políticas que se necesitan urgentemente ahora.
Les invito a que se me unan.
Inscríbanse aquí para mi reunión de cabildo abierto del 10 de enero, en la que me acompañarán el candidato al Congreso, José Vega, así como asesores militares, económicos y científicos de mi campaña.
